Hana-bi (Flores de fuego): Poesía escénica

La fragilidad de la vida y la constante lucha del ser humano por escapar de la muerte es algo que me fascina; es supervivencia por instinto que hace al hombre querer avanzar para vivir un día más, renegando de la propia evolución. Este instinto de supervivencia hace al ser humano, creador y progenitor de aquellos que preservarán su código genético y, aún sin atribuir sentimientos, engendra bases de datos genéticas para la supervivencia de la especie, y de su propio legado. Creador y destructor, el ser humano es un oxímoron cargado de belleza que Baudelaire o Shakespeare, ya han retratado desde una mirada cargada de luz, asco y admiración. La necesidad de que el poeta exista para poder observar la belleza del ser humano, de su pisada en el planeta y de su tradición, lentamente se marchita. En los tiempo que corren, esta mirada ya no es una mirada atractiva, las composiciones cinematográficas han intentado suplantar, de peor o mejor manera, ese lirismo poético. ¿Puede ser el propio cine poesía? Sí, aunque como en la literatura, en el cine no todo es poesía, también hay libros de Paulo Coelho.

La necesidad de que el poeta exista para poder observar la belleza del ser humano, de su pisada en el planeta y de su tradición, lentamente se marchita.

Hana-bi: Flores de fuego (Hana-bi, 1997) (花-火; fuegos artificiales; literalmente: flor-fuego) es una obra escrita, dirigida, editada y protagonizada por Takeshi Kitano, un maestro del séptimo arte. Desde un inicio, Kitano ya nos adelanta con el título la dualidad simbólica de las “flores” (花: hana) y el “fuego” (火: bi), vida y muerte. Un oxímoron bien escogido que explica el sentido y la dirección de la película, pues esta no es más que un viaje hacia la muerte y la resurrección (metafórica) de los protagonistas.

«Hasta ahora había tratado el arte como algo personal, no como algo social. Como no soy un gran artista, estaré equivocado, pero los cuadros, las ilustraciones, las películas o la música reflejan la manera de vivir de quienes lo crean»; estas palabras de Kitano reflejan y dan a entender toda su obra, pues en cada una de las películas que la componen, Kitano muestra una parte de su vida. En Hana-bi, el detective de policía Horibe (papel de un fantástico Ren Osugi), el compañero de Nishi (personaje protagonizado por el mismo Takeshi Kitano), tras un tiroteo queda en silla de ruedas y a raíz de esta parálisis, comienza a aficionarse por la pintura; un reflejo de las secuelas que el accidente que sufrió Kitano le dejó: una afición por el arte y una parálisis parcial en su cara. Es pues, como bien dice el autor, que el arte es algo personal que refleja al creador. Horibe, en la película, muere en ese tiroteo y es a través de la pintura que resucita. La vida vuelve a tener un sentido, y sus pinturas son un reflejo del sentimiento latente por la vida; toca fondo cuando su vida se descompone para luego escalar y renacer a través del arte.

Nishi, el personaje protagonizado por Kitano, es la antítesis a su compañero Horibe. Su vida se descompone lentamente y va perdiendo el sentido, pues es sino un camino hacia el final el que vemos que recorre durante todo el film. Ha perdido a su hija, su mujer tiene cáncer terminal y su compañero ha acabado en silla de ruedas. Dos caras de una misma moneda.

Los estallidos de violencia y los signos románticos en forma de metáforas se compaginan con una perfección delicada y cuidada hasta la obsesión. Por ejemplo, la escena en la que la mujer de Nishi pone en un frasco unas flores muertas en agua y un hombre se ríe de ella diciendo que lo que hace es inútil, sirve como propia metáfora de la vida de Miyuki, esposa de Nishi, una persona que está más muerta que viva e intenta dar luz a sus últimos días desde su absoluto silencio, un mutismo que se acaba rompiendo en la maravillosa y bella catarsis final. Es pues, en este juego de variedad entre lo bello y lo crudo, donde se compone este aura romántica que guía en barcas hacia el redescubrimiento; hacía un renacimiento ante las adversidades. Un escape a la vida. Si Baudelaire se atrevía a encontrar lo bello en un cadáver putrefacto, Takeshi Kitano nos muestra cómo lo bello lleva a la creación de ese putrefacto cadáver.

Los estallidos de violencia y los signos románticos en forma de metáforas se compaginan con una perfección delicada y cuidada hasta la obsesión

Cada plano y cada escena están cuidados al milímetro. Un claro ejemplo de obra de arte donde cada fotograma que Kitano construye, es en su unidad una fotografía. Un cuadro. Esto, sin dudas, hace que desde el primer momento se cree una atracción por la película que acompaña hasta el final de ésta. Un paisaje. Un cuerpo sin vida. Un plano fijo. Los dos enamorados. Un tiroteo. Kitano lleva hasta el extremo la composición en escena de los dos opuestos; juega en toda la película en mostrar la máxima exposición posible de belleza y delicadeza, para acto seguido mostrar con violencia la dureza que envuelve la obra.

Crítica a Hana-Bi (Flores de fuego) publicada en la web Pantalla Invisible

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