Whiplash: música maestro

Cuenta la historia que muchos grandes músicos tuvieron que sufrir maltratos, tanto físicos como psicológicos, en su proceso formativo para alcanzar posteriormente la grandeza y el estrellato. Durante la duración de Whiplash se nos cuenta una y otra vez como Charlie Parker tuvo que recibir la humillación tras recibir el lanzamiento de un plato para acto seguido tocar el mejor solo de saxofón de la historia de la música.

Damien Chazelle nos pone en escena a un talentoso batería, Andrew Neiman (Miles Teller), que mantendrá una relación de tonalidad gris con su director de orquesta, Terence Fletcher (J.K. Simmons). Una relación alumno-profesor que bien podría aprovecharse como estudio del maltrato psicológico, pero lejos de esto será la que lleve a Andrew hasta los límites del cuerpo y de la mente. Llevando la disciplina militar de La Chaqueta Metalica (Stanley Kubrick, 1987) a los ensayos de Terence Fletecher.

Me mantuve dentro en todo momento, al lado de Neiman, mientras golpeaba apasionada la bateria; me transportó a un pasado en el que, cambiando la batería por la danza, esa obsesión por la perfección en pos del arte era lo único que me importaba. Un régimen impuesto en el cual se debe renegar a tener una vida si se desea avanzar e intentar ser el mejor, o como mínimo uno de ellos. Un régimen en el que alma y cuerpo intentan luchar contra cansancio, dolor y presión. Luego saltas al escenario y todo queda atrás, nada más queda demostrar si tantas horas han valido la pena, si tanta dedicación ha servido de algo. Resbalas, caes, te levantas y sigues actuando contra las adversidad. Acabas y la decepción te abruma, pero sigues entrenando, sigues llegando hasta el limite de romperte sin pensar en ello. Quieres ser perfecto, limpiar cada paso y memorizar cada posición. Acabas desquiciado y con tres pares de calzado menos, pero vuelves a remontar el vuelo. Se corre el telón, los focos nublan tu vista, la música suena y exhalas una bocanada de aire .Te juegas todo de nuevo a una carta y es en ese  instante cuando recuerdas los ochos contados por tu sensei, las noches sin dormir, el dolor muscular por llegar a extremos y aquella dolorosa ruptura que deseaste tener para dedicarte un poco más a tu obsesión. Ahí estás de nuevo ante una multitud invisible, el sudor de nuevo en el suelo. Te vuelves a resbalar; de nuevo recuerdas la decepción de la caída y la humillación de la última vez que estuviste en el escenario, pero el sacrifico ha valido la pena. No caes. Rozas la perfección en el giro y ahora, el momento del solo libre, poseído por la música, es cuando vuelves a pensar en aquellas horas encerrado bailando, en las noches sin dormir, en la novia que dejaste atrás, en los exámenes que suspendiste, en las broncas con tus padres y las broncas con tus amigos. En ese instante tus ojos se humedecen, das un último salto, caes perfectamente. La música para, los aplausos te ensordecen. Te reúnes con tus compañeros y notas un pequeño dolor en la rodilla, cojeas hacia ellos. Saludos. Más aplausos. Se acabó. Acabas alejandote de los escenarios por culpa de un mal gesto, pero no renuncias jamas; caes en un pozo de obsesión, te fuerzas hacia los limites y retratas, años después, esta obsesión en una crítica de cine.

La obsesión del artista ya mostrada en Cisne Negro (Darren Aronofsky, 2010) que busca la catarsis final sin tener que recurrir a ser tragedia griega, sino llevando al espectador al éxtasis final con el que le haga sangrar las manos en el momento de aplaudir. Tener que plasmar como los límites pueden llegar a marcar la diferencia entre un artista bueno y otro del montón, puede resultar un dolor permanente en el pecho y posteriormente una liberación. La dureza del profesor que enseña y la ansiedad que crece dentro del alumno ante los gritos, insultos, humillaciones y golpes, no es algo fácil y bonito de enseñar. Una sensación que surge desde lo más profundo del artista, cargada de sensibilidad y agotamiento, es la controversia mostrada en Whiplash. El profesor ataca, el alumno se intimida y todo acaba como tiene que acabar, aunque de una forma un poco casposa.

En la fina línea que separa el arte de la obsesión, es donde lleva Chazalle al espectador en el guion clásico de Hollywood: el protagonista ante las adversidades para superar el camino de la superación, y no es el mensaje sino la forma lo que hace de Whiplash la gran obra qué es; interpretaciones feroces y a su par magistrales, una banda sonora que borda la excelencia y artísticamente es una maravilla con primeros planos a la batería -objeto del cual la película gira alrededor- y una iluminación de lo más acertada.

Un redoble de tambor para una de las grandes candidatas a triunfar en la fiesta del cine.

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